Por Melina CaboLas sociedades cambian, las culturas se diversifican y con ellas el uso de diferentes palabras. A veces mucho, a veces poco, de cualquier forma el campo de efectos de sentido posibles también se amplía.
No existe aún hoy una definición taxativa para el término estupidez pero lo cierto es que todos la utilizamos todo el tiempo. Veamos qué sucedió con ella a lo largo de la historia.
El mundo griego anterior a la aparición de la filosofía vivía situado en la actitud mítica. Es que a través de los mitos el hombre conseguía explicar los diferentes sucesos de su vida. El miedo a la muerte hacía necesario encontrar una respuesta antes de ingresar a un estado de total desesperación y caos social. Y los dioses, aunque arbitrarios en su conducta, podían controlarse mediante ritos y plegarias. Es en ese momento cuando experimentaban estupor, donde se disminuían o se paralizaban sus funciones intelectuales, es decir, entraban en un estado de estupidez, de psicodelia en el que quedaban maravillados por la respuesta de los dioses, ante la promesa de que haciendo bien las cosas en la tierra accederían a otro mundo repleto de placeres y bondades y se persuadían de cumplir con sus mandatos. ¡Eran verdaderos estúpidos! Y estaban orgullosos de ello. Pues así el mito se constituía en un modo de regulación social y natural, otorgaba una respuesta al fenómeno de la muerte y su sentido, justificaba su mundo primitivo.
En este tipo de contextos la estupidez tendría un carácter auténtico, verídico, dado que la comunidad la experimentaba en un hecho colectivo, donde se pretendía el bien para todos. ¿O piensan que en vano ellos se asombraban frente a los relámpagos, la lluvia o los truenos?, pues no, el miedo que les generaba les hacía asignarle una interpretación, una respuesta que resultara satisfactoria frente al grado de azoramiento experimentado. Sus creencias ordenaban su realidad, pero las reglas venían del más allá, de una autoridad divina.
Como dice Ortega y Gasset, “la fe cree que dios existe o que dios no existe. Nos sitúa, pues en una realidad, positiva o negativa, pero inequívoca y, por eso, al estar en ella nos sentimos colocados en algo estable”. Y no en vano parece que las realidades y los significados mutan. Sino veamos que pasó con la estupidez que por lo que hemos dicho hasta el momento deviene en una connotación positiva, pero…
Sin analizar específicamente el contexto, cosa que dejamos en manos de historiadores, me permito mencionar el caso del nazismo. Hitler accedió al control total del Estado Alemán a través de un proceso en el que combinó métodos violentos y la acción parlamentaria. El nacionalismo sostenía la necesidad de “inventar” un enemigo de los alemanes, un enemigo que fuera el responsable de todos los males por los que atravesaba el país. Ese enemigo fueron los socialistas –acusados de promover el caos social-, los judíos y gitanos –considerados “razas inferiores” –que no debían mezclarse con los alemanes arios, la “raza superior”. Hasta ahí nada novedoso, pero…
La obra que dio el fundamento sólido a esta postura fue Los protocolos de los Sabios de Sión (1975), de la cual se supo años más tarde que había sido confeccionada por la policía secreta rusa para elaborar “pruebas” destinadas a justificar la política imperial en contra de los judíos. Este elemento nos sirve para comenzar a ver la tierna criatura a la cual nos enfrentamos, hijita de la civilización.
El lema que resumía las ideas hitlerianas era: “un pueblo, un estado, un jefe”. Y conmovió, penetró en los intersticios de la población dado que el elemento idealista existente en el apoyo concedido a los nazis fue formidable ante la promesa de que Alemania alcanzaría así la “salud física y espiritual” que necesitaba.
Estabilizado el régimen (eliminó a varios dirigentes que le molestaban) el ejército y la derecha conservadora aceptaron su dominio y, por criminales que fueran las medidas llevadas a cabo por los nazis, hicieron como que no las veían. El apoyo masivo a la dominación hitleriana se mantuvo y se amplió por diversos medios. Hacia 1939 su régimen había adquirido el apoyo general, debido sobre todo a que se le asociaba con una prosperidad aparentemente estable. Sin embargo lo que resulta extraño es cómo la sociedad aprobó un régimen de tales características. Y ustedes dirán ¿A dónde querés llegar con todo esto? Pues no se impacienten aquí estamos arribando al punto.
Está comprobado que los mitos dinamizan el campo social y que, ni lerdos ni perezosos, los hombres de acción, lo saben por instinto. De esta forma operan sobre las masas utilizando el impacto y la magia que provocan, aprovechándose de las tendencias afectivas que engendran también. Ahora sí se puede decir que el “mito judío” fue el mito político que Hitler supo utilizar muy bien para sembrar intuitivamente una verdad idónea con los fines de que el pueblo actuase y se movilizara políticamente. ¿La estupidez del instinto gregario llevado al extremo?
Es un discurso que utiliza un procedimiento no lógico, colectivo, así que como sustento del poder sólo es el sostén ideológico de atrocidades humanas inspiradas en él y de ello se habla cuando se propone el ejemplo del estado nazi. ¡Cuando el mito sustituye a la razón como fundamento de la conducción del estado se alcanza el grado máximo, no de civilización como se hace creer, sino de barbarie, ignorancia y estupidez! Vale recordar aquella caracterización que da Humberto Eco sobre el estúpido, dice que es el maestro del paralogismo y que por ello resulta convincente, el estúpido trata de demostrar su tesis. Y esto es lo que hizo el Führer todo el tiempo.
Es ante este tipo de hechos donde se recupera la otra connotación del término estupidez, el moderno, el consensuado, el negativo, ¿el vengativo?
¿Por qué las masas aceptaron un gobierno que se sostenía en argumentos xenófobos, que provenían de la necedad de un gobernante con un alto grado de obstinación racial, que suponía la superioridad de una raza? Claro hay razones de carácter social- económico que intentan justificarlo. También hay que reconocer que no fue el ciento por ciento de la población el que avaló sus prácticas, pero ¿no cabe pensar acaso que las masas quedaron estupefactas ante la formulación del “mito judío”? Bien pudo éste estupidizarlas, paralizarlas (y de hecho lo hizo) ante la amenaza de caos social, frente al cual se sujetaron sin pensar o sin vacilar a una tesis que otorgaba una respuesta e identificaba culpables. Era una idea funcional a todos –menos para las víctimas, cierto-. Alguien debía pagar y convengamos que el precio fue desorbitado, escabroso e inaceptable, pero eso se supo mucho más tarde. La necedad con la que se actuó al apoyar la “solución final” colocó su presunción como estandarte. ¿O acaso alguien levantó su voz, empuñó su coraje y denunció el régimen? Porque lo que se reflejó fue el accionar de verdaderos mentecatos, seres embrutecidos, necios, desprovistos de toda coherencia racional –de la que, sin embargo se jactaban.
Ahora bien, la connotación de la estupidez se vuelve negativa, llena de vacuidad – que no es contradictorio-, de falsa lógica, de generalizaciones y vaguedades. Sólo basta ojear los discursos de la época. Lo que se plantea es la estupidez del necio, esa que caracterizó a Hitler, por un lado, y la estupidez de la idolatría del héroe, aquella que caracterizó al pueblo alemán, por otro. Y bien vale la pena sostenernos para esto que se dice en los aportes de Le Bonn. Según éste, en la masa el individuo adquiere un sentimiento de poder invencible y además desaparece la responsabilidad individual ya que el hombre en ella es anónimo. Si nos imaginamos el efecto ola visualizamos el concepto, el contagio de sentimientos y actos por sugestión recíproca entre los miembros y el conductor de la sociedad. ¡Individuos estupidizados! Que se dejan llevar sin pensar a dónde.
Por lo cual cuando asemeja el alma de las masas con la de los primitivos donde las palabras influyen mágicamente y prevalece la ilusión y la fantasía sobre lo real, vemos la materialización del mito. Sólo que ahora, muchos años después de los mitos primitivos el de los judíos invirtió los tantos. Los alemanes jugaron con cartas marcadas. En su ritual no perseguían un fundamento para la muerte, un sentido para ésta, sino que se apoderaron de ella, se otorgaron el poder de aplicarla a voluntad y con desparpajo.
Hemos visto hasta que punto es capaz de crear la mente humana. Cuidado, los estúpidos son peligrosos y con poder, mucho más. El mito es contradictorio y ambiguo tanto como lo es la estupidez, sólo que hoy debemos avergonzarnos de ella. Es hora de proteger el Superyó, no es cuestión de olvidar que todos somos potenciales estúpidos.