14 de junio de 2007

Emprendimientos de alumnos y ex alumnos de Taller I


Nicolás Sabuncuyán fue alumno de una de mis comisiones de Taller I. Actualmente, conduce este programa de radio que recomendamos.

Blog periodístico:

A TRES PUNTAS

"Ni A dos voces, ni Cuatro Cabezas. Tampoco Cuarto Poder ni Quinta a Fondo. Nosotros jugamos A tres puntas".

Tomás Rudich, alumno del curso 2007, lleva adelante este blog de información periodística. Visítenlo en http://www.atrespuntas.blogspot.com/


28 de marzo de 2007

Consejo Superior de Redefinición de los Pecados Capitales

Por Adrián Olstein

La historia, el pasado, nos enseña muchas cosas. No me refiero a esa que se lee en los libros, sino esa que se encuentra detrás de cada expresión, de cada palabra, de cada costumbre; detrás de los refranes o de los mitos populares. A cada momento y sin darnos cuenta, mediante nuestras acciones estamos reviviendo a una persona del pasado.

Las personas del pasado siguen viviendo cada vez que se las nombra, pero muy pocos son los que tienen en suerte figurar en manuales o en diccionarios enciclopédicos. El resto de los mortales vivirá unos años, o unas décadas, quizá hasta un siglo después de su muerte, en el recuerdo de sus hijos, nietos, y allí terminó su paso por la tierra.

Sin embargo, una vez muertas y enterradas y muertos sus hijos y sus nietos, a las personas les sigue recorriendo un cosquilleo por la espalda, cuando perciben que algo de lo que hicieron en vida, persiste aún en la superficie. Incluso hasta sonríen, cuando creen identificar una frase propia de su generación, a la cual le auguraban escasa permanencia.

Uno de esos legados, que alguna vez unas pocas personas inventaron en el pasado, son los pecados capitales. Figuran en escrituras sagradas, que dependiendo de la adhesión religiosa de la persona legitiman o no su origen. Y algunos de esos pecados, a pesar de los grandes cambios que sufrió la sociedad a lo largo del tiempo, siguen teniendo vigencia. Siguen siendo coherentes con los valores que propugnamos hoy en día. Pero algunos otros nos suenan irrisorios. En el caso de la pereza sentimos que deberíamos escarbar en el origen de este pecado para conocer el porque de tan desproporcionada categorización. Ponerlo al nivel de la ira o de la envidia, suena a nuestros oídos realmente gracioso, tragicómico. La categoría de pecado capital, incluye como característica que su accionar merece también el castigo capital, la muerte. Pero como bien afirma Thomas Pynchon en su ensayo sobre la pereza, “…vamos, ¿no es un tanto extremo condenar a muerte por algo de tan poco peso como la pereza?” Incluso el autor llega a, lejos de considerarla un pecado capital, considerarla un buen recurso: “La pereza es la última defensa del pesimista compulsivo: permanece inmóvil y la hoja de la guadaña, de alguna manera, te pasará por alto.”

Sin embargo, otro es el tema que motiva estas líneas. Mas allá de aquellos pecados capitales que siguen siendo coherentes con nuestros valores, aquellos que por el contrario parecen una ridiculez que al ser nombrada en el siglo XXI, provoca la risa de un muerto del siglo XIV, debemos consensuar acerca de cuales son, considerando los cambios sociales sufridos a lo largo de los años, los pecados capitales que mas se corresponden con nuestra sociedad.

Más precisamente haré referencia a uno. La estupidez. Como forma de accionar de las personas nos ha llevado a la situación actual. La estupidez es la única forma de entender porqué en un mundo en que hay hambre puede existir si quiera la palabra gula. También se nos permite entender en este contexto el porqué de las guerras, el porqué de la quema de los excedentes productivos en los países centrales, y tantas otras cosas que sin duda no se pueden explicar a la luz de la racionalidad.

La estupidez esta presente en las ideas de quien planifica una guerra, y en la mano de quien, desde un helicóptero aprieta un botón para tirar un misil. Miles de estúpidos haciendo millones de estupideces. ¿No existe acaso el “Consejo Superior de Redefinición de los Pecados Capitales”? Y en caso de que existiera: ¿tan ocupados estuvieron analizando si la pereza seguía siendo un pecado capital o no, que no tuvieron tiempo de pensar en los males que nos causa la estupidez?
Si la definición de pecado capital, le cabe a aquellas conductas que son originarias de una larga serie de otros pecados, ¿no es acaso la estupidez un caso paradigmático de esta definición? Si se tuvieran que decidir los cinco o seis o siete modos de accionar que nos arrastraron a la caótica situación mundial actual, sin duda la estupidez estaría en los primeros puestos. La estupidez de quienes nos gobiernan, la estupidez de quienes votamos a una imagen construida por los medios y no a un programa político, la estupidez de quienes están al frente de las grandes empresas que arruinan el medio ambiente, o las que deciden que chicos de diez años son aptos para trabajar doce horas por día.

Paradójicamente, hay un punto de encuentro entre los dos casos paradigmáticos. El caso de un pecado capital, que de capital le queda poco: la pereza, y el caso de un error que de “pequeño desliz” también le queda poco: la estupidez. Ese punto de contacto es la estupidez de aquellos que no logran entender que la construcción de un sistema justo, un sistema de igualdad entre las personas exige, como condición necesaria, excluir a la pereza como posibilidad. Es decir: la pereza; en un intento por construir una sociedad cuya producción, cuyos derechos y cuyas responsabilidades se repartan de forma equitativa; representa un acto de estupidez. Solo cuando el estúpido se de cuenta que la suma de estúpidos que deciden dormir un rato mas generan los grandes problemas de la sociedad, estaremos dando el primer paso hacia un intento por revertir la situación de caos.

Daños y perjuicios

Por Federico Sassi

El homo sapiens se empezó a destacar del resto del mundo animal gracias al desarrollo de una inteligencia superior. La inteligencia le permitió crear algo que aparentemente no pueden concebir los demás seres vivos: una cultura. Sin embargo, la cultura humana no sólo se produce con actos inteligentes, también comprende su opuesto: la estupidez. Y algo que tampoco nunca faltó en ninguna civilización desde los comienzos más remotos de la humanidad es la violencia, en todas sus formas. La estupidez y la violencia no son sinónimos, pueden existir y funcionar independientemente. De todos modos, hay mucha relación entre ambas y veremos por qué.


¿A qué llamamos “estupidez”?

Primero, debemos definir qué es la estupidez, tarea mucho más complicada de lo que parece. El diccionario de la Real Academia Española define a la estupidez como “Torpeza notable en comprender las cosas”, y a su vez “torpe” es definido como “Rudo, tardo en comprender”. Si bien son definiciones muy acotadas, son un buen principio para delimitar un concepto central: la estupidez tiene como causa la incapacidad o la lentitud para comprender y reflexionar sobre ciertas cuestiones que una persona no estúpida podría razonar sin problemas
Paul Tabori, en su libro Historia de la estupidez humana, intenta abordar este concepto esquivo citando a autores como Alexander Feldmann, eminente discípulo de Sigmund Freud. Para Feldmann, no es el cerebro el que piensa sino el sujeto, el “ego”, de la misma manera en que no son las piernas las que caminan sino el individuo que las usa. Siguiendo este razonamiento, una persona cuyo cerebro es defectuoso no necesariamente es un estúpido, y al mismo tiempo puede ser estúpido un individuo cuyos órganos están completamente sanos. La carencia de inteligencia no es defecto entonces de los “instrumentos” del cuerpo sino del usuario, es decir, de la mente.
No obstante, la definición que hasta ahora más me atrajo fue la de Carlo M. Cipolla en Las Leyes fundamentales de la estupidez humana. De este texto tomaré la “tercera ley fundamental” (también llamada “Ley de oro” en el libro), por ser la que más relación tiene con mi hipótesis. La ley mencionada enuncia: Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
Teniendo en cuenta las definiciones mencionadas, podemos entonces afirmar que la estupidez es la incapacidad o dificultad mental (dependiendo la gravedad del caso) para poder darse cuenta, ser consciente de cuestiones necesarias para el correcto desempeño de su vida social e incluso su desempeño personal. Se trata de una dificultad para razonar, si consideramos que lo racional es producto de la inteligencia.


Violencia innecesaria

Todas las guerras y conflictos que hubieron a lo largo de la historia nos hacen suponer que la violencia siempre fue una característica típica de la especie. El presente no lo contradice en lo más mínimo: los incontables hechos de violencia de los que nos enteramos viendo cualquier noticiero o leyendo cualquier diario nos demuestran que estamos muy lejos de concretar cualquier tipo de utopía social pacifista. A nadie le sorprende que ocurra, damos por sentado que la violencia es algo normal del hombre... pero tantos siglos de civilización, aunque no hayan frenado la violencia, al menos han permitido que aparezcan alternativas: la negociación, la diplomacia, la cooperación, el “pacto social” del que hablaba Rousseau, fueron básicos para consolidar la democracia moderna.
Hoy en día, una persona considerada “inteligente” ante una necesidad buscará cooperar, trabajar en conjunto con otros individuos que persigan objetivos similares para lograr beneficios para todos. La violencia sólo será usada en un caso extremo, como último recurso cuando sea indispensable defenderse de agresiones recibidas.
Lamentablemente, no todo el mundo se comporta de esta manera. Mucha gente, ya sea por ambición o por resentimiento y furia, utiliza la violencia de una forma muy irracional: en cualquier momento, a veces sin una justificación válida, y en el peor de los casos, con el fin de obtener diversión con los actos violentos. Sin duda alguna el uso irresponsable e innecesario de la violencia es una acto estúpido, ya que una persona que es agredida inmerecidamente, es muy probable que reaccione y responda a su agresor alimentando así una espiral que perjudica también al que inició el episodio. La violencia innecesaria en algún momento termina perjudicando también al que la ejerce, por lo tanto es estúpida. ¿No sería acaso mucho más útil (y por consiguiente, inteligente) evitar los arrebatos de ira y las provocaciones y en su lugar intentar cooperar, incluso con aquellos que no nos caen demasiado bien? Recordemos la tercera ley fundamental de Cipolla, en la que señala que un daño ejercido sobre otro individuo es un acto estúpido en la medida en que ese daño no le reporta ningún beneficio, y hasta a veces también lo perjudica.
Lamentablemente, día a día suceden infinidad de episodios que ejemplifican el uso retrógrado de la violencia, muchas veces vinculado al racismo y la discriminación. El día 14 de Noviembre de 2006, en un colectivo que pasaba por el barrio de Almagro, un hombre de 46 años comenzó a insultar y agredir a un chico judío de 15 años, hijo de un rabino, que vestía el atuendo típico de los judíos ortodoxos. Las agresiones verbales eran marcadamente discriminatorias y hasta incluso fundamentalistas, con expresiones como “asesino de Dios”. Aparentemente el muchacho no le había hecho nadaal señor para provocar su ataque de intolerancia religiosa; en vez de eso lo ignoraba, actitud que lejos de calmar a su agresor, lo alteraba aún más. Ambos debieron bajarse a pedido del colectivero, y ya en la calle el fanático violento comenzó a golpear al chico judío hasta romperle los anteojos. El hombre fue detenido por infracción a la Ley Anti-discriminación y por disturbios en la vía pública.



Una esperanza que quedó en el fondo

¿Logró algún beneficio este agresivo pasajero de colectivo? ¿Acaso no salió doblemente perjudicado, al haber sido detenido por algo totalmente innecesario y además por haber contribuido a la muy mala prensa del anti-semitismo? Volvemos una vez más al concepto de estupidez abalado por la RAE: “torpeza notable en comprender las cosas”. Está claro que, actitudes discriminatorias y violentas como la que tuvo aquel individuo una tarde en plena Capital Federal, demuestran una notoria incapacidad de su parte para darse cuenta que una sociedad mejor sería posible si fuéramos más tolerantes y dejáramos la violencia en un segundo plano para empezar a darle más protagonismo a la cooperación y al respeto por el prójimo, lo cual es básico para que los demás nos respeten a nosotros también. Aquellos que no pueden o no quieren admitirlo, aún están lejos de superar la estupidez...

¿Evolución?

Por Melina Cabo

Las sociedades cambian, las culturas se diversifican y con ellas el uso de diferentes palabras. A veces mucho, a veces poco, de cualquier forma el campo de efectos de sentido posibles también se amplía.

No existe aún hoy una definición taxativa para el término estupidez pero lo cierto es que todos la utilizamos todo el tiempo. Veamos qué sucedió con ella a lo largo de la historia.

El mundo griego anterior a la aparición de la filosofía vivía situado en la actitud mítica. Es que a través de los mitos el hombre conseguía explicar los diferentes sucesos de su vida. El miedo a la muerte hacía necesario encontrar una respuesta antes de ingresar a un estado de total desesperación y caos social. Y los dioses, aunque arbitrarios en su conducta, podían controlarse mediante ritos y plegarias. Es en ese momento cuando experimentaban estupor, donde se disminuían o se paralizaban sus funciones intelectuales, es decir, entraban en un estado de estupidez, de psicodelia en el que quedaban maravillados por la respuesta de los dioses, ante la promesa de que haciendo bien las cosas en la tierra accederían a otro mundo repleto de placeres y bondades y se persuadían de cumplir con sus mandatos. ¡Eran verdaderos estúpidos! Y estaban orgullosos de ello. Pues así el mito se constituía en un modo de regulación social y natural, otorgaba una respuesta al fenómeno de la muerte y su sentido, justificaba su mundo primitivo.

En este tipo de contextos la estupidez tendría un carácter auténtico, verídico, dado que la comunidad la experimentaba en un hecho colectivo, donde se pretendía el bien para todos. ¿O piensan que en vano ellos se asombraban frente a los relámpagos, la lluvia o los truenos?, pues no, el miedo que les generaba les hacía asignarle una interpretación, una respuesta que resultara satisfactoria frente al grado de azoramiento experimentado. Sus creencias ordenaban su realidad, pero las reglas venían del más allá, de una autoridad divina.

Como dice Ortega y Gasset, “la fe cree que dios existe o que dios no existe. Nos sitúa, pues en una realidad, positiva o negativa, pero inequívoca y, por eso, al estar en ella nos sentimos colocados en algo estable”. Y no en vano parece que las realidades y los significados mutan. Sino veamos que pasó con la estupidez que por lo que hemos dicho hasta el momento deviene en una connotación positiva, pero…

Sin analizar específicamente el contexto, cosa que dejamos en manos de historiadores, me permito mencionar el caso del nazismo. Hitler accedió al control total del Estado Alemán a través de un proceso en el que combinó métodos violentos y la acción parlamentaria. El nacionalismo sostenía la necesidad de “inventar” un enemigo de los alemanes, un enemigo que fuera el responsable de todos los males por los que atravesaba el país. Ese enemigo fueron los socialistas –acusados de promover el caos social-, los judíos y gitanos –considerados “razas inferiores” –que no debían mezclarse con los alemanes arios, la “raza superior”. Hasta ahí nada novedoso, pero…

La obra que dio el fundamento sólido a esta postura fue Los protocolos de los Sabios de Sión (1975), de la cual se supo años más tarde que había sido confeccionada por la policía secreta rusa para elaborar “pruebas” destinadas a justificar la política imperial en contra de los judíos. Este elemento nos sirve para comenzar a ver la tierna criatura a la cual nos enfrentamos, hijita de la civilización.

El lema que resumía las ideas hitlerianas era: “un pueblo, un estado, un jefe”. Y conmovió, penetró en los intersticios de la población dado que el elemento idealista existente en el apoyo concedido a los nazis fue formidable ante la promesa de que Alemania alcanzaría así la “salud física y espiritual” que necesitaba.

Estabilizado el régimen (eliminó a varios dirigentes que le molestaban) el ejército y la derecha conservadora aceptaron su dominio y, por criminales que fueran las medidas llevadas a cabo por los nazis, hicieron como que no las veían. El apoyo masivo a la dominación hitleriana se mantuvo y se amplió por diversos medios. Hacia 1939 su régimen había adquirido el apoyo general, debido sobre todo a que se le asociaba con una prosperidad aparentemente estable. Sin embargo lo que resulta extraño es cómo la sociedad aprobó un régimen de tales características. Y ustedes dirán ¿A dónde querés llegar con todo esto? Pues no se impacienten aquí estamos arribando al punto.

Está comprobado que los mitos dinamizan el campo social y que, ni lerdos ni perezosos, los hombres de acción, lo saben por instinto. De esta forma operan sobre las masas utilizando el impacto y la magia que provocan, aprovechándose de las tendencias afectivas que engendran también. Ahora sí se puede decir que el “mito judío” fue el mito político que Hitler supo utilizar muy bien para sembrar intuitivamente una verdad idónea con los fines de que el pueblo actuase y se movilizara políticamente. ¿La estupidez del instinto gregario llevado al extremo?

Es un discurso que utiliza un procedimiento no lógico, colectivo, así que como sustento del poder sólo es el sostén ideológico de atrocidades humanas inspiradas en él y de ello se habla cuando se propone el ejemplo del estado nazi. ¡Cuando el mito sustituye a la razón como fundamento de la conducción del estado se alcanza el grado máximo, no de civilización como se hace creer, sino de barbarie, ignorancia y estupidez! Vale recordar aquella caracterización que da Humberto Eco sobre el estúpido, dice que es el maestro del paralogismo y que por ello resulta convincente, el estúpido trata de demostrar su tesis. Y esto es lo que hizo el Führer todo el tiempo.
Es ante este tipo de hechos donde se recupera la otra connotación del término estupidez, el moderno, el consensuado, el negativo, ¿el vengativo?

¿Por qué las masas aceptaron un gobierno que se sostenía en argumentos xenófobos, que provenían de la necedad de un gobernante con un alto grado de obstinación racial, que suponía la superioridad de una raza? Claro hay razones de carácter social- económico que intentan justificarlo. También hay que reconocer que no fue el ciento por ciento de la población el que avaló sus prácticas, pero ¿no cabe pensar acaso que las masas quedaron estupefactas ante la formulación del “mito judío”? Bien pudo éste estupidizarlas, paralizarlas (y de hecho lo hizo) ante la amenaza de caos social, frente al cual se sujetaron sin pensar o sin vacilar a una tesis que otorgaba una respuesta e identificaba culpables. Era una idea funcional a todos –menos para las víctimas, cierto-. Alguien debía pagar y convengamos que el precio fue desorbitado, escabroso e inaceptable, pero eso se supo mucho más tarde. La necedad con la que se actuó al apoyar la “solución final” colocó su presunción como estandarte. ¿O acaso alguien levantó su voz, empuñó su coraje y denunció el régimen? Porque lo que se reflejó fue el accionar de verdaderos mentecatos, seres embrutecidos, necios, desprovistos de toda coherencia racional –de la que, sin embargo se jactaban.

Ahora bien, la connotación de la estupidez se vuelve negativa, llena de vacuidad – que no es contradictorio-, de falsa lógica, de generalizaciones y vaguedades. Sólo basta ojear los discursos de la época. Lo que se plantea es la estupidez del necio, esa que caracterizó a Hitler, por un lado, y la estupidez de la idolatría del héroe, aquella que caracterizó al pueblo alemán, por otro. Y bien vale la pena sostenernos para esto que se dice en los aportes de Le Bonn. Según éste, en la masa el individuo adquiere un sentimiento de poder invencible y además desaparece la responsabilidad individual ya que el hombre en ella es anónimo. Si nos imaginamos el efecto ola visualizamos el concepto, el contagio de sentimientos y actos por sugestión recíproca entre los miembros y el conductor de la sociedad. ¡Individuos estupidizados! Que se dejan llevar sin pensar a dónde.

Por lo cual cuando asemeja el alma de las masas con la de los primitivos donde las palabras influyen mágicamente y prevalece la ilusión y la fantasía sobre lo real, vemos la materialización del mito. Sólo que ahora, muchos años después de los mitos primitivos el de los judíos invirtió los tantos. Los alemanes jugaron con cartas marcadas. En su ritual no perseguían un fundamento para la muerte, un sentido para ésta, sino que se apoderaron de ella, se otorgaron el poder de aplicarla a voluntad y con desparpajo.

Hemos visto hasta que punto es capaz de crear la mente humana. Cuidado, los estúpidos son peligrosos y con poder, mucho más. El mito es contradictorio y ambiguo tanto como lo es la estupidez, sólo que hoy debemos avergonzarnos de ella. Es hora de proteger el Superyó, no es cuestión de olvidar que todos somos potenciales estúpidos.

Elogio de la estupidez: consejos para ser feliz

Por Adrián Olstein

Después de diez mil años de historia el hombre avanzó, y no poco, en el conocimiento de los procesos que lo inquietan. A lo largo de los años y cada vez de forma más pronunciada, el hombre estuvo interviniendo en la naturaleza. Ya sea para cumplir sus fines fisiológicos de alimentación y refugio o para evadir curiosidades. Intentó modificar el curso de arroyos. Agarró un poco de tierra y lo mezcló con un poco de agua y le cantó una canción a la mezcla para ver que surgía, mas tarde con eso construyó su casa. Le dio de comer a animales para que le sirvieran de transporte y alimento. Ató muchas plantas juntas, las dejó secar y vio que flotaban y tiempo después hizo con eso la primera balsa. Así se fue sistematizando y complejizando el conocimiento acerca de las cosas que lo rodean. No se debe ver este proceso como una línea continua, porque tuvo sus rupturas y sobre todo porque hoy en día conviven los procesos de intervención de la naturaleza más actuales y mas avanzados, con aquellos que descubrió casi por casualidad un ser anónimo del pasado lejano.

Así como la actitud revolucionaria no termina con el triunfo de la revolución, tampoco la inquietud científica culmina con el descubrimiento. Entonces, incluso cuando parece haberse inventado todo lo necesario para satisfacer hasta la ultima de nuestras necesidades e inquietudes, un hombre se detiene en un atardecer despejado, a mirar el cielo y reflexiona acerca de “¿qué me falta?”. Y es en ese momento, cuando, una vez mas, siente que nada de lo que hizo en estos diez mil años tiene mucho sentido. Porque aun hoy le falta algo mucho mas importante. Algo cuya soberbia no le permitió descubrir. Algo que parecía ser tan sencillo, incluso sigue pareciendo. Y sin embargo lo inquieta a él y a tantos otros hombres que se detuvieron a mirar el atardecer. Este hombre se da cuenta que aun hoy, nadie sabe a ciencia cierta cual es el método para alcanzar la felicidad. Una de las palabras más usadas en cualquier disciplina, en cualquier idioma y en cualquier lugar del mundo. Algunos términos no tienen traducción de un idioma a otro. Pero no hay lenguaje sobre la tierra que no conozca una combinación de dibujos, letras o garabatos para simbolizar ese sentimiento. Y sin embargo no hubo, o no llegó a buen puerto una investigación acerca de “la clave para ser feliz”, ni siquiera un decálogo de consejos.

Hay un punto en el cual me quiero detener. Hay algo en común entre todos esos hombres que se paralizan, y no necesariamente frente a un atardecer. Es que el atardecer puede ser una buena excusa, pero también lo puede ser una noche estrellada, o una nublada; un campo abierto y silencioso, o una hora pico en medio de la ciudad. Es que no hay momento en que estos hombres puedan exceptuarse de una tarea que realizan de forma continua: pensar. Y ese es el mayor error: pensar, analizar, examinar, investigar. Usar esa tan conocida racionalidad que distingue al hombre de los animales. Que no se malinterprete, el error no es usarla. Es usarla para buscar la felicidad, como quien busca la explicación para la desviación de la órbita de Marte. El problema no termina allí. El gran problema es que todos, en algún momento de nuestros días, algunos más a menudo, otros menos, nos detenemos frente a ese atardecer. Creemos estar cerca de encontrar “la felicidad”. Aquí arribo a la primera conclusión, y es la siguiente: esa reflexión continua o discontinua acerca de qué es la felicidad, nos aleja de ella.

En muchas prácticas religiosas orientales se intenta llegar a un estado en que no se piense en nada. Nuestro primer pensamiento cuando intentamos llegar a ese estado es: “ahora estoy pensando en que debo pensar en nada, por lo tanto sigo pensando en algo” Lo mismo pasa con la felicidad, la buscamos pensando en ella, y nos perdemos en el mar de ideas, nos alejamos cada vez mas. En cambio hay otros momentos en que el ser espontáneo que llevamos dentro, ese individuo que convive con nosotros, nos lleva a actuar de manera diferente. Si nos grabáramos en una de esas situaciones y lo viéramos al otro día, nuestro ser intelectual y reflexivo se sentiría avergonzado, se sonrojaría.

Ese ente es el que habla por nosotros cuando estamos entre verdaderos amigos, o cuando tomamos demasiado alcohol, o incluso cuando recién conocemos a alguien pero rápidamente nos sentimos en confianza. Empieza a actuar el estúpido que llevamos dentro, al cual no le preocupan los tabúes, ni los condicionamientos sociales. Puede ser que empecemos a contar nuestras anécdotas, las más ocultas que tenemos. O que nos pongamos a imitar alguna escena de una novela, o que nos pongamos a improvisar como si fuéramos artistas dramáticos. Y en ese juego de ser por un rato otro, se suman los que nos rodean, y ahí comienza un verdadero carnaval. Y es en ese momento en que la risa y la sonrisa surgen espontáneamente y nos duelen las costillas y no las mejillas, lo cual sería síntoma de que la risa se restringe a los límites de lo socialmente gracioso.

La estupidez es en este sentido un momento en que el alma se libera. Decidimos vivir cada momento como el único, no porque vayamos a morir. Ya no se nos plantean grandes dilemas existenciales ni nos preocupa el paso del tiempo. Sólo nos divertimos con cuestiones triviales. Es en estos momentos en que el hombre crea, logra innovar, rompe estructuras, cae en el mundo del absurdo, pero un absurdo creativo. Emergen de la persona ideas, percepciones de la realidad, enteras cosmovisiones surgen de ese momento.

Suele suceder en estas ocasiones que llega un tercero, un otro que se incorpora a la escena, pero que no logra rápidamente entrar en ese mundo, en ese estado del espíritu y nos dice: “dejen de hacer estupideces”. Creo que radica en esa frase la comprobación de lo que intento decir. Dos personas se entretienen de modo diferente al que nos enseñan desde chicos que debemos entretenernos, y alguien que no logra entrar en la lógica de la estupidez se siente ajeno, incluso burlado. Si la persona insiste en que dejemos de hacer estupideces, quizá logre, creyendo que esta haciéndonos un favor, hacernos volver al ser reflexivo. Nos hace percibir el absurdo de nuestras actitudes, ese absurdo que nos hacía felices, y que ahora ya se ha ido. Con una sola frase, ese tercero nos devuelve al piso, convenciéndonos de que es el lugar del que nunca deberíamos haber despegado. Y tan fuerte influye la sociedad en cada uno de nosotros que rápidamente creemos recapacitar, y no hace falta más que esa sola frase para persuadirnos.
Hasta acá todo parece ser un análisis del ser humano y de su relación con la felicidad. Pero no podemos, ya en este punto pasar por alto otra faceta de esta dialéctica entre el ser reflexivo y el ser estúpido; entes que conviven en cada una de las personas. Muchos autores escribieron en algún momento de su vida acerca de la estupidez. La estupidez como característica de algunas personas. “Los estúpidos” es el tema predilecto para quienes deciden hablar de la estupidez. En general hay consenso respecto al peligro que representan a la sociedad, por ser personas que con su accionar no solo que se perjudican a sí mismos, sino que además perjudican a quienes los rodean. Los distintos autores disienten, como mucho, en la cantidad de estúpidos que consideran, hay en la sociedad. Algunos dicen que dos de cada cinco, otros que cuatro, y algún ególatra con un teclado en frente piensa que cinco de cada cinco personas son estúpidas, pero que algún fenómeno de la naturaleza lo exceptuó a él de tal castigo.

Y más peligrosos que los estúpidos que describen, son los argumentos que estos autores explicitan. Y aun más peligrosos que estos, son los preceptos tácitos de esas afirmaciones. Describiendo a un sector de la población como estúpido, se delimita de forma implícita un parámetro de normalidad. Ese parámetro, que de forma grafica sería una línea, impone el nivel máximo de creatividad, de innovación, y el nivel mínimo de determinación social que una persona debe tener para ser considerada normal. Esta y otras tantas ideas, ayudan, cada una un poco, a mantener el orden establecido.

Pasan por alto, todos estos autores, que la estupidez nos asalta a todos. Nos invade, nos abstrae de la realidad, nos pasea por percepciones distorsionadas, nos hace caer en el absurdo, nos deja mal parados con gente frente a la cual siempre habíamos sido seriecitos, nos sonroja momentos después, nos hace actuar, nos hace descubrir a esa otra persona que llevamos dentro, nos hace superar todos y cada uno de los grandes problemas y dilemas morales, existenciales, religiosos, políticos, bélicos y hasta conyugales. Nuestra inteligencia no nos permitió aún concluir cuanto mas felices seríamos si no pensáramos tanto.

Estupidez, estupor

Por Pilar Martinez Albores

“Estúpido, insensato, ¿sabes lo que has hecho?”
Otelo, de William Shakespeare, escena II, acto V.
-Lamento de Emilia luego del asesinato de Desdémona-


Desde hace un tiempo sospecho que estoy por perder mi trabajo. Tomaron gente nueva y despidieron a dos que producían más y cobraban menos. No hay lugar en la oficina y hace semanas que vagabundeo en vano, tratando de aparentar utilidad. Me ofrezco para ir al banco, atender llamados y recibir clientes. Corro. Soy correctora, pero sirvo café. Compro los diarios que se necesitan y me dedico al deber de devolver llamadas a personas displicentes que no contestan jamás, y si lo hacen, lo hacen de muy malhumor. No me permito un minuto de paz. Así y todo, cuando llega el jefe y me pregunta en qué estoy trabajando, quedo atontada, y contesto “EN NADA”. Sí, como una estúpida.

Gracias a Google, hasta una oficinista estúpida -y potencial desocupada- puede averiguar que la palabra “estúpido” proviene del latín, del sustantivo stupidus (sorprendido, asombrado, aturdido). La misma raíz etimológica dio lugar a palabras como estupor (asombro, pasmo), estupendo (asombroso, admirable) y estupefacto (atónito, sorprendido, pasmado). También existe estupefaciente, que describe el efecto narcótico y adormecedor que producen el opio y algunas otras drogas. Se supone que a causa de la expresión de eterno asombro que muestran los retrasados mentales, el término estúpido se envileció y pasó a ser un insulto. Pero por su historia, me inclino a pensarlo adecuado para designar al “estupefacto”.

La idea del estúpido estupor -valga la redundancia- se me representa como una imagen congelada. Es la expresión de las liebres del campo que de noche quedan encandiladas ante el auto en que viajo, sin moverse, esperando ser atropelladas. Tal vez aquel animal es una eminencia entre sus congéneres, pero durante algunos momentos es para mí un ser terriblemente estúpido, capaz de convertirme en asesina. Sin embargo, nunca maté a ninguna; siempre corren a tiempo.

Creo que ‘estupidez’ es la palabra ideal para describir esos lapsus de inacción y falta de respuesta que me atacan seguido. Después –y sólo después- de alguna respuesta estúpida a las preguntas de mi jefe, me siento estúpida. En el momento de contestar, pienso que estoy evitando mentir, que estoy siendo, quizá, obediente, sensata. O mejor dicho, directamente no pienso, estoy con el cerebro quieto. La reacción llega, invariablemente, un poco tarde. Me siento inoperante, y además, indefensa.

Ojalá pudiera tomar conciencia de mis estupores tan rápido como las liebres que cruzan rutas por la noche. Percibo la estupidez cometida sólo si me alejo lo conveniente. Ese distanciamiento deviene con el tiempo, o quizás con otra cosa.

Creo advertir que existe cierta lejanía sentimental, una congoja que desviste de subjetividad y cariño toda evaluación hacia quien nos defrauda. Una vez vi a una mujer harta de su ex marido, que se preguntaba cómo el amor –pasado y pisado- la había cegado lo suficiente como para cometer la estupidez de casarse y abandonar toda expectativa. Oscar Wilde decía que siempre hay algo ridículo en los sentimientos de las personas que hemos dejado de querer[1]. ¿Y por qué no también algo estúpido? Tal vez la conciencia de la estupidez del vínculo es la postura crítica que nos permite romperlo, saliendo de una vez por todas de la estática contemplación de los enamorados, cuando el otro es una persona estupenda y somos felices de sólo contemplarlo.
Me interesa más la distancia que surge con el tiempo. La conciencia de mi propia estupidez –en este caso la literaria- suele aparecer cuando leo cuadernos que escribí años atrás. Mi intención no es mortificarme a raíz de evaluaciones crueles. Invariablemente termino haciéndolo.

Se encuentran muchas estupideces mirando al pasado; los nostálgicos solemos toparnos con varias, más allá de la indulgencia romántica que les dispensemos. En casa hay unas revistas que están en la familia desde la Guerra Fría, y tengo la costumbre de hojearlas. En el último número de 1962, una apocalíptica autora describía “la vestimenta estrafalaria y los maquillajes absurdos (…) que adoptan millones de mujeres (…) que se han dejado hechizar, confundir y alelar”[2]. A continuación puede observarse su aversión por la sombra verde para párpados, que identifica como “color de hongo venenoso”, un “efecto reservado para las películas de fantasmas”. Y qué decir de la opinión que le merece el famoso vestidito Jackie: “la mujer oculta el cuerpo dentro de un negro sudario que la cubre del cuello a las rodillas”. Esta postura que es, a lo menos, risueña, era la voz de lo sensato cuando fue publicada. Un análisis crítico y, se quiere, desafiante a los caprichosos diseñadores de moda que se habían atrevido a poner verdes los ojos de las señoras, y a escamotearles el talle y la cintura detrás de un vestido tubo.

Hoy, el postulado de aquella sensata dama quedó obsoleto. Nos parece una estupidez. Pero es una estupidez ahora. Uno no es estúpido; lo ha sido. Parece evidente que la estupidez muestra una frecuente obstinación a darse en el ayer.

Creo que mirar el pasado es útil. No consiste solamente en divertirse con el desacierto ajeno. El movimiento de distanciarse y observar estupideces puede servir como antídoto para otras. El viaje puede ser proyección a futuro, o por el contrario, postura crítica al pasado; funciona en ambos sentidos. Es interesante dejar pasar el tiempo para tomar conciencia de la estupidez que cometimos, o bien, retroceder al pasado, reconocerla y evitarla en el presente. Se trata de traslados, de salir de la pasividad, moverse con la mente para comprender algo. Es oponer acción al estupor inactivo de la liebre, es la voluntad crítica capaz de sacudirnos las modorras de la estupidez. Así, la reflexión es una suerte de café preventivo que nos mantiene despiertos a pesar de la rutina, la tradición y el sentido común, nuestros tres estupefacientes cotidianos.


[1] Wilde, Oscar; El Retrato de Dorian Gray, Buenos Aires, El Ateneo, 1966.
[2] Merrian, Eve “¿Por qué se disfrazan las mujeres?”, publicado en la políticamente correcta Selecciones del Reader´s Digest, edición argentina, N° 265, Diciembre de 1962.

22 de octubre de 2006


"... pasa día y noche tocando el piano, es lo único que hace, es lo único que puede hacer."
La carta

Por Germán Mentil

No conocía a la señorita cuando solicité sus servicios; todo lo habíamos hecho por carta, por eso es que pude reconocer su letra. Mi objetivo era que se sintiera lo más confortable posible, deseaba que se quedase al cuidado de los niños por siempre, luego de la muerte de nuestra antigua niñera. ¿Había hecho lo correcto?

Tiempo después recibí una carta que advertía sobre ciertos sucesos que estaban ocurriendo en mi hogar. Aún no sé quien la envió, pero reconocí la letra de puño de la señorita Grey, la niñera. ¿Por qué tomó esa decisión? ¿De donde sacó esas ideas? ¿Qué tan culpable soy? Me pregunto continuamente. Sentí cierto descontento, ineptitud, enojo y mucha intranquilidad. Había dejado en manos de la señorita cualquier inconveniente durante mi ausencia, pero me preocupaba todo lo que estaba escrito en aquella carta; se notaba que había dedicado mucho tiempo en escribirla por la prolijidad y el perfume francés que se sentía con nitidez.

Mencionaba desconfianza, dudas y espectros, ciertos comportamientos extraños de los niños, mis sobrinos, los que ella debía cuidar. Me dirigí inmediatamente hacía allí. Por primera vez renunciaba a mis labores. Cuando llegué, todo parecía normal. Hubiese pensado que nada de lo escrito era cierto. Entré por la puerta principal y anuncié mi llegada. Algunos sirvientes se acercaron y les pregunté por Clara y Álvaro, mis niños. Me miraron sorprendidos y nadie respondió, a pesar que uno de ellos hacia referencias a algo que tenía que ver con mi presencia. ¿Será quien me envió la carta? –pensé. Enfadado, me acerqué a la sala principal, conducido por una hermosa melodía del piano. Álvaro tocaba su canción preferida, me vio, se levantó y me dio un abrazo. Sentí su cuerpo frío, su cara triste, estaba pálido y parecía muerto. Le pregunté por la señorita Grey y no me contestó. Tampoco lo obligué y preferí buscar por el resto de la casa. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué la urgencia de mi presencia? Al no hallarla me dirigí a su habitación. Quizás no era lo más conveniente, en verdad no era correcto ingresar al cuarto de una señorita, pero era el dueño de la casa y tenía derecho a hacerlo. Me senté un rato y pensé en lo que había ocurrido hasta ese momento. Me intrigó la compostura de la servidumbre y la frase que Álvaro me anunció, con una voz suave, al abrazarme: “Llegaste tarde”. Miré a mí alrededor, lo recuerdo muy bien, porque fue allí que encontré sobre una mesita un libro, mejor dicho, un diario íntimo. Imaginé que podía ser de la señorita, dudé en tomarlo y nuevamente cometí un error.

Quería terminar con tanta intriga, la misma que deben sentir ustedes al leer esto.
Abrí la primera hoja del diario: a simple vista no notaba nada extraño, parecía un relato común y corriente, es más, nada tenía que ver con los días que había pasado, hasta ese momento, en nuestro hogar. Recién a la mitad, luego de unas horas, comencé a descubrir palabras familiares, como el lago, mi ama de llaves, los niños y hasta mi nombre que acompañaba con dulces frases. Comenzaba develar algunos acontecimientos que habían ocurrido. ¿Clara se había escapado? ¿Mis sobrinos tenían conversaciones con mis antiguos empleados ya muertos? No lo entendía, ellos temían a los fantasmas. Me obligaba a creer en ciertas visiones de la señorita, sobreprotección irrefrenable hacia los niños, en la locura que cobijaba, casi diría enferma. Seguí leyendo, quedaba clara la obsesión por Álvaro, cierto amor reprimido que se traducía en protección.

Me levanté, ya llevaba varias horas, había leído casi todo y seguía escuchando el sonido del piano. Caminé por la habitación elaborando hipótesis sobre lo que podía haber acontecido. Quizás la señorita Grey estaba loca y alguien envió la carta que ella había escrito para darme aviso. Tal vez los niños no deseaban que los cuidara porque recordaban a la antigua niñera y aquella por celos inventó la historia. Hipótesis y más hipótesis llegaban a mi mente. Apareció, por fin, la señorita Grey, quien se quedó inmóvil al verme. La saludé cordialmente y me senté en su cama. Se sonrió y me preguntó por qué no me había presentado antes. No debió hacer aquella pregunta. Consideré que era el momento apropiado para que me diera alguna explicación de lo que estaba ocurriendo pero no me contestó. Me estaba ocultando algo, se le notaba. Yo movía manos y piernas incesantemente, por los nervios. Verla como si nada, siendo que le había encomendado la solución de cualquier inconveniente, me producía una mayor irritación. La intimé a responder, aunque sea, una interrogación: ¿por qué había dejado de sentir el corazón del niño? Estaba escrito. La señorita Grey se levantó de la cama y en un solo sollozo libró sus primeras lágrimas, luego me pidió perdón. Me anunció que los niños estaban siendo poseídos por demonios y que lo hizo por protección. No consentí su lloriqueo, tampoco entendía su arrepentimiento “¿qué le había hecho a mis sobrinos?”, pensé. Me acerqué a la señorita y le indiqué que hacía unas horas había estado con Álvaro y que parecía angustiado. Sus lágrimas cesaron. Me miró a los ojos y me dijo:

–El niño pasa día y noche tocando el piano, es lo único que hace, es lo único que puede hacer.

Entendí por qué el niño estaba frío, por qué condenó mi tardía llegada. Salí y corrí hacia la sala, todo estaba descubierto. Lo observé, seguía tocando el instrumento y me tranquilicé. Lo abracé enérgicamente y le dije que pronto la niñera se iría, que estaba loca. Entonces, la señorita Grey apareció y me preguntó:

–¿Usted también lo puede ver?

"Al mirarme bajó los ojos. Juro que nunca había estado yo frente a un alma tan pura."
La inmaterialidad de la tristeza

Por Pilar Martinez Albores

Desde el día en que nos conocimos, la amé profundamente. ¿Debí haberme comportado de otra manera, ignorarla, tener un trato servicial y distante, frío quizás? Me la presentaron una tarde. Ella sería la institutriz de Miles y Flora. Pálida y delicada, no parecía una criatura de este mundo. Su apellido, musical como una risa o un balbuceo de bebé. Jessel…Jessel...Señorita Jessel. Al mirarme bajó los ojos. Juro que nunca había estado yo frente a un alma tan pura.

¡Debí dejarla en sus pensamientos, en sus libros, sin mancharla con mi nombre ni mi pobre amor! Eran demasiado poco para ella, y sin embargo fue tan generosa que no los midió ni los pesó. Recibió nuestro trato cotidiano como un milagro. ¿Hubiéramos podido mantener el secreto? Me dedicaba constantes atenciones. Cuando más de una vez zurció a escondidas algunas de mis prendas, alguien debió notarlo. Sí, seguramente. Los domingos guardaba para mí golosinas del almuerzo, como si fuera un niño que ella deseara malcriar. ¡Ay! Me amaba tanto, tanto, tanto.

Paseábamos con Flora y Miles por el parque, sin nadie más a la vista, podíamos abrazarnos, correr los cuatro en el césped, merendar bajo el sol. Fantaseábamos con la familia que nunca podríamos formar… incluso recuerdo que Miles tenía un hermoso parecido con sus ojos…cualquiera diría que eran nuestros hijos, excepto por las diferencias entre mi ropa de trabajo y la elegante vestimenta de los pequeños.

Éramos muy felices. Junto a ellos, cada día era una Navidad para mí. Pero lo bueno no dura, no. La tarde terrible en que nos besamos furtivamente, fuera de la vista de los niños, bajo un sauce, creí llegar al paraíso.

Lo que ocurrió al tiempo fue a pedido mío, lo confieso. Ella nunca se habría entregado a un hombre ilegalmente. Cuánto me arrepentí, cuánto sufrí luego. Pero no pude, no pude evitarlo. La amaba demasiado. El hecho pasó inadvertido fácilmente, pero no nuestra alegría, nuestro sentimiento. Recuerdo que la señora Grose murmuró durante un almuerzo que Jessel era un par de castañuelas. Aquella mujer tenía razón.

Le propuse a mi amada huir a alguna colonia lejana, vivir pobres, como marido y mujer, casarnos de verdad. Nadie sabría allá que yo era un sirviente, nadie anunciaría que mi mujer era institutriz y era superior a su marido en ¡ay! tantos aspectos...A mí no me perturbaba su sabiduría, su elegancia y su dominio del francés…pero ella... ¿cómo podría reposar en un ser inferior? ¿A quién respetaría y honraría, quién sería su guía? ¿Un mayordomo? No, no, más allá de su generosidad y abnegación yo no podría someterla a las habladurías, a los secreteos de los vecinos, a su arrogancia.

Nuestra felicidad en vida no duraría. Sin embargo, no acerté a imaginarme que la perderíamos tan pronto, tan repentinamente. No me enteré hasta que fue demasiado tarde. Esperaba un hijo mío. Yo nada había notado, pero hacía unos meses que la pobrecita había comenzado a fajarse y apretarse el corsé, comprimiendo a la criatura. ¡Qué dolor habrá sentido!

Mi pobre amor y mi pobre hijo, cómo pude no darme cuenta… El pequeño Miles lo supo cuando lo supe yo. Era tan maduro, casi un hombre. Nada pudo hacerse. Madre y bebé, víctimas del ocultamiento, de la presión a que fue sometido el vientre de mi amada. El embarazo se malogró. Ella volvió a casa de sus padres. Huí de Bly y la seguí, sólo para enterarme de su muerte. Regresé, no podía soportar a mi alma dentro del cuerpo, intenté adormecerla con alcohol, y fue inútil. Debía seguirla, como la había seguido en vida, y así fue.

Al principio no noté mi propia muerte. Sólo recuerdo que ella volvió. Nos reunimos de nuevo, en un descampado cercano a Bly. Pero no podía tocarla, ni ella a mí. Estábamos empobrecidos, nos sentíamos solos, terriblemente solos y desamparados. Mi pobre amor, cómo pude, cómo pude conducirla a ese estado. Pero los muertos no podemos llorar. Sólo sabemos esperar. Y así comenzamos una nueva era, una espera.

Esperábamos a nuestros niños, a nuestro Miles, a nuestra Flora. Nuestro bravo muchacho, rechazado en aquel colegio de señoritos, sólo por defender románticamente la unión ilegítima de su institutriz y su mayordomo, pobrecillo. Candoroso, apasionado, se inflamaba su ánimo al escuchar que su respetada señorita Jessel jamás podría convertirse en mi mujer. Tantas veces soñamos despiertos, tantas veces nos repitió que huyéramos a la India, describiéndonos los aromas, los colores, las costumbres que aún recordaba. Flora insistía en que viajáramos los cuatro, quería volver a pasear en elefante, ya no los recordaba, sólo tenía las imágenes de los libros.

Pero ahora todo es imposible. Somos un par de espectros, Jessel y Quint, un recuerdo nefasto, una sombra sobre Bly que todos quieren olvidar, excepto los niños. Ellos nos ven, nos perciben, nos extrañan. Saben que no los abandonaremos. Ni siquiera con la irrupción de la nueva institutriz, esa criatura endeble, nerviosa, tan indefensa, tan sugestionable. No sospeché que también sería capaz de verme. Quizás es por su edad, su juventud aún no le permite ser fuerte, no le ha endurecido los ojos, y aún sigue llorando ante la presencia de seres desdichados, como mi amada y yo. Siempre que nos sorprendía, buscábamos disminuir nuestro dolor, volvernos transparentes como el aire, insensibles, para que no nos advirtiera, para no menoscabar su ánimo. ¡Sería tan difícil para ella la situación! Indudablemente, no soportó la presión. Ha enviado de viaje a Flora, junto a Grose.

Sin embargo, sucedió hace unas horas algo maravilloso: Miles se me acercó. Yo estaba cerca de un ventanal, detrás del vidrio, en el jardín. Él lo atravesó, aunque no pudo tocarme. Dentro, en la sala, la joven institutriz apretaba contra su pecho a un Miles que ya no era Miles.

“Caminábamos por la calle sin destino pero no sin objetivo.”
Apunte bien, va usted a matar a un hombre
Por Adrián Olstein


Junto con el hombre nació la inquietud por saber quién gobierna sus actitudes. Desde aquellas que suceden en soledad, ese momento de diálogo que tiene la persona con su voz interior, hasta sus reacciones cuando se encuentra en un grupo. Cientos y miles de páginas, y millones de letras mal o bien combinadas en decenas de diferentes lenguas han intentado develar este misterio. Algunas veces con carácter científico, otras de modo literario pero siempre con la misma motivación. ¿Somos las personas quienes tomamos decisiones? ¿Es la sociedad que se refleja en cada uno de nosotros? ¿Es acaso lo que nos pasó entre que nacimos y los cinco años lo que determina nuestras actitudes?

La reflexión parece en vano cuando no estamos frente a problemas cruciales. Aquella noche, a diferencia de muchas otras, me encontraría ante uno. El alcohol potenciaba mi dialogo interno a pesar de que estaba en verborrágica conversación con mis amigos. Caminábamos por la calle sin destino pero no sin objetivo.

No les voy a contar mucho de mí, pero sí lo necesario para que entiendan por qué aquella noche vi mi rostro en el de otra persona. Mi primera juventud transcurrió en la militancia, en la lucha por una sociedad más justa. No era solo una lucha discursiva, era verdadera convicción y verdadera militancia. De a poco, la necesidad de laburar en la empresa de mi viejo me fue alejando de mi mundo deseado. Muy de a poco entré en el mundo en el que no se habla de plata, porque es lo que sobra. La gente que conocí, los amigos de los que me rodeé me llevaron a una práctica que es la que hoy me ayuda a reflexionar.

Contaba, entonces, que caminábamos por la calle. Nuestro mayor sadismo se reflejaba en la cruda actividad de patear hasta dejar ya sin vida a una pobre alma de las que duermen en la calle, porque de hecho allí es donde viven.

A veces ciertas cosas desencadenaban en mí las más profundas reflexiones y los más profundos recuerdos. Eso fue lo que me pasó aquel día entre trago y trago, y este había sido durante un rato el dialogo interno del cual les conté. Volví a ver con una mezcla de claridad y confusión, con una estructura de videoclip propia de los recuerdos aquella parte de mi vida en que la cuestión social, la profunda desigualdad, había significado no sólo una preocupación, sino una firme ocupación.

Estábamos frente a nuestra victima. Sus ojos reflejaban miedo, impotencia, pero lo más duro que leí en su mirada fue la sensación de que esa persona no tenía nada que perder. Y no hay ventaja mayor para quien está amenazado que sentir que nada de lo que pase puede ser peor de lo que ya pasó. Además, su rostro dejaba entrever las cicatrices de la calle, de los enfrentamientos, de la vida. Toda la realidad social plasmada en un gesto. Caminé unos pasos hacia atrás y antes de que mis amigos pudieran descifrar mi actitud, como un juez que sella su sentencia golpeando el martillo, maté uno a uno a todos los que me acompañaban esa noche. Usé el arma que llevaba encima desde hacía ya unos años, desde que mi posición social incluía una paranoia constante a la inseguridad.
"¡Sólo me basta recordar aquella noche que llegó a mi habitación en ropas sensuales, con una vela y se sentó en mi cama!"
Fantasmagorías
Por Graciela Cabo

En la vida hay cuestiones que son inevitables. Cada uno en cierto momento debe tomar las riendas de su destino y moldearlo a su manera. Siempre lo supe.

Debo reconocer que durante mi infancia en Bly las cosas no fueron fáciles. En principio nos hirió la muerte de mi padre y desde entonces nos vimos sometidos a una vida de aislamiento y desafecto permanente por parte de nuestro tío. Digo nosotros porque Flora, mi hermana menor, sentía lo mismo que yo. No quería asistir al colegio pero mi tío no me dejó opciones acusando que la educación brindada por el Trinity College tenía un nivel excelente y me permitiría forjar mi futuro.

Los primeros tutores que tuvimos, la señorita Jessel y Peter Quint habían conseguido que dejásemos de lado las tensiones. Mi relación particular con Quint llamaba la atención del resto de los sirvientes fundamentalmente porque pasábamos largas horas del día juntos. Creo que nadie sabía que ello para mí era una experiencia exquisita. Él me enseñaba cosas para las cuales en mi mundo no había espacio. Con él aprendí a disfrutar de la vida, a sentir; manteníamos un verdadero pacto de silencio. Por aquellos días corroboré que lo bueno dura poco ya que ambos tutores decidieron huir juntos.

Entonces el vacío inundó mi corazón, aunque no por mucho tiempo. Una nueva institutriz llegó y esta vez era para quedarse. Una muchacha de unos 20 años, la hija menor de un humilde pastor había recibido la aprobación de nuestro tío luego de que él la embelesara con su porte de caballero, su actitud audaz y su fortuna. Claro, ¿cómo pude saber esto?, pues muy fácil, lo oí decírselo a Grosse, nuestra ama de llaves, en una noche de melancolía. No tardaron en hacerse amigas y esa situación no me agradaba particularmente. Grosse le contaba demasiadas cosas. De todas formas, desde el día de su llegada me había generado una cierta atracción. Su belleza, sus rasgos matizados con un aire infantil y su ternura me conmovían. Rápidamente pude percibir la seducción irresistible que yo le provocaba al punto tal que me convertí en su favorito. Ello hizo que Flora, mi hermanita, una niña con rostro dulce y carácter resentido, me sometiera a un distanciamiento permanente.

La institutriz, cuyo nombre prefiero preservar, intentó acercarse sensualmente a mí en varias ocasiones ¡Sólo me basta recordar aquella noche que llegó a mi habitación en ropas sensuales, con una vela y se sentó en mi cama! Ropaje sensual o no tanto porque era una capa de tela sobre otra capa de tela, sin embargo la situación me dominaba y no podía controlar mis impulsos; con tan sólo 11 años las enseñanzas de Quint ejercían en mí un poder supremo. ¡Cuánto lo echaba de menos! Ahora debía reprimir mis deseos. Después de todo ¿era un caballero, verdad? Sí, claro, un señorito ¡pero humano! Y se olvidaban de ello a menudo. Por un momento, vi en su rostro la cara de Quint, sus rasgos se habían vuelto masculinos. Deslicé mi mano por una de sus piernas y sentí su tibieza. Cerré los ojos, estaba extasiado. Los abrí y dirigí mi mirada a sus facciones, entonces recordé que era una mujer. La confusión en mi cabeza era tal que prefería desaparecer. Entonces ella me llamó por el nombre de mi tío y no pude soportarlo.

Esta circunstancia la comprendí mucho después; ella había trasladado a mí la atracción que sentía por él. Un alocado sentimiento de pasión la inundaba por dentro pero tenía prohibido comunicarse con él. Creo que esa realidad la atormentaba. Probablemente ello la llevó a ver fantasmas porque empezó a perseguirme con la idea de que Quint me visitaba en la mansión. Juraba verlo en las ventanas, acechando por ahí. Si hubiese sido cierto, mi rostro hubiese vuelto a expresar una sonrisa. Estaba muerto y no había vuelta que darle al asunto.

Mi indiferencia, mal disimulada, le molestaba. Cierto día quiso saber el secreto que guardaba, el verdadero motivo por el cual había sido echado del colegio. En ese encuentro recuerdo que no podía mirarla a los ojos, sólo había petrificado mi mirada a través de la ventana y le daba la espalda. Sé que comprendió que desde ese momento sería yo quien estuviese aislado. Me sentía turbado. Deseaba comprender si me sería útil continuar con ese calvario que día a día peregrinaba. Debía confesárselo, no era justo crear en ella expectativas que nunca cumpliría.

_Peter Quint cambió mi vida, señorita –exclamé apenas, aún sin mirarla. _Por ello tuve que irme de la escuela. Me gustan los hombres y no intente persuadirme porque es un sentimiento profundo y no un capricho.

Ella comenzó a llorar y no pude hacerme cargo de la situación. Me estrechó en un abrazo y me susurró al oído: _ Ya lo sabía. La señora Grosse me lo había contado. Ella siempre sospechó de la amistad que te unía a ese sirviente descarriado.

Ya no podía escuchar que se hablara mal de mi amigo. No había cumplido con los requisitos de mi estamento y por ello decidí irme lejos. Nunca más quise saber de ella ni de Flora, no me interesaba.
La historia, por supuesto, la escribí yo. ¿O por qué creen que tengo el manuscrito? Es
"Decidí pasar por el bar donde siempre había una cara conocida."
La dignidad
Por Lucía Testino

Era día de pago. Mientras esperaba en la ventanilla, sabía que esos pocos pesos no alcanzarían para calmar hambrunas, ni para sonrisas de juguetes y mucho menos para la ortodoncia de Martita.

Salí de allí y el sol todavía estaba alto. El pueblo ahogaba, se achicaba tanto como el cuerpo encorvado de mi madre. Decidí pasar por el bar donde siempre había una cara conocida Allí estaba Ramón, un viejo compañero de mi padre en la fábrica que siempre me contaba sus andanzas juntos.

– ¿Qué andás haciendo, Gerardito? – me preguntó.
– Pensando, Don Ramón –le dije, mientras trataba de no hacerlo.
–¿Te enteraste lo de la fábrica? Pensar que cuando tu papá y yo trabajábamos ahí nada más teníamos que hablar con el dueño que era alemán y las cosas se arreglaban. Mirá ahora, estos de la multinacional quieren cerrarla.
– Sí, don Ramón, mañana nos mandan ahí, dicen que para sacar a los obreros que quieren tomarla.
– Si tu papá viviera Gerardito... al fin y al cabo lo único que piden es dignidad y trabajo.

Saludé a los presentes y me fui para casa con un ruido sordo recorriendo mi cabeza. Nora, mi mujer, estaba parada lavando en el piletón. Sus manos estaban arrugadas de agua y de maltratos, era como si marcaran la edad de la tristeza. Martita, los dientes torcidos, se me colgó del cuello y Martincito gateó a mi encuentro. Dignidad, había dicho don Ramón, ¿cuánto costaba la dignidad? Me dormí escuchando toser a mi hija, la humedad de las paredes le hacía mal. ¿Cuánto cuesta la dignidad?

Por la mañana me levanté pesado, me puse el uniforme, “mi hijo el policía” decía mi papá. Qué diría él si supiera.
–Espósito, vos te vas con otros diez a la fábrica y ojo con dejarlos entrar –dijo el comisario.
Parado frente a esos hombres, escudo en una mano, cachiporra en la otra, mirándolos a los ojos reconocí a muchos. Trabajo, gritaban, salario digno, se escuchaba, y en la mirada un brillo que penetraba.
¡Trabajo digno, trabajo digno! Las palabras esta vez salieron de mi boca y cuando abrí los ojos vi los escudos y los cascos que estaban frente a mí.
La institutriz

Por Lucila Hernández Bedini

Siempre fui muy fiel a mis principios. Fui instruida para encaminar, adiestrar y hacer cumplir las reglas. En mi juventud fui una alumna diez y siempre superé a los demás, especialmente en caligrafía: las letras góticas eran mi fuerte.

Con mi metro noventa, cara ovalada y pelo amarillo gastado siempre impuse autoridad. Se que es algo natural en mí, por eso mismo las niñas y niños me respetan. Descendiente de ingleses, por supuesto, soy puntual e impongo mis ideales. Hago cumplir con todo lo que ordeno y solamente tres palabras definen mi vida: orden, disciplina y deber. Detesto a los débiles y aborrezco las fiestas.

Siempre había trabajado en casas de familia cuidando a niños. Hace un año estaba trabajando allí en Buenos Aires, en la casa de una familia aristocrática venida a menos. Vivía ahí, y tenía libres los domingos. Tenía que cuidar a la infanta Celestina, una niña de lo más desagradable que me volvía loca. Era la primera vez en veinticinco años que una mocosa me faltaba el respeto y hacía lo que se le antojaba. Nunca se quería ir a dormir y no dejaba de saltar la soga, haciendo un ruidito que se repetía infinitamente y que iba a parar directo a mis oídos, como el sonido de aquella gruesa varita de madera de la infancia, que recuerdo frecuentemente, atacando mis dedos. Ya la iba a poner en su lugar, pensaba. Odiaba su risa, y me daban nauseas sus muecas y su espíritu de juventud que olía a jazmines y que se impregnaba en el aire, en los pasillos y hasta en mi pelo atado y engominado.

Fue una cálida noche de invierno cuando todo sucedió. Yo estaba en el living de la residencia, cuando de repente empecé a sentir como mis oídos zumbaban como si alguien los estuviese agujereando. Con mis pasos largos, me dirigí rápidamente hacia el cuarto de la endemoniada Celestina. Apretando mis dientes fuertemente, dejé escapar el sonido insípido de su nombre, repetidamente: “Celestina”. Me iba acercando, y el ruido monótono de la cuerda cada vez se hacía más ágil y profundo. El piso de madera crujía, como cuando una de las claraboyas se resquebrajó. Entré al cuarto de la maldita niña y no la pude agarrar. Empezó a jugar carreritas, pero con sus pasitos cortos no iba a llegar a ningún lado. De repente estiré fácilmente mis brazos y la tomé de su sucio pelo largo.

Instantáneamente, sin querer, me caí. Tropecé torpemente y escuché la risita burlona de Celestina. En ese momento de ira, mi cuerpo se endureció de rabia, mi mirada se agudizó y de mi boca se escapó una amenaza fatal. La quería matar. Al mismo tiempo, mientras me encontraba media acostada en el suelo, vi mi mano derecha que se elevaba sobre una mesa y agarraba una jarra filosa. Con total autonomía, mi mano hizo un giro maravilloso en el aire espeso y la jarra enlozada impactó con precisión sobre la cabeza de Celestina. Fue un segundo. Recuerdo un gemido de la pobre niña y una gran lágrima carmesí que se extendió por toda la sala. Quedé petrificada y no dudé en sentarme sobre mis piernas. Con mis largos brazos la abracé mientras observaba cómo, a través de una grieta del piso de claraboyas, pequeñas gotitas de sangre chorreaban sobre otra niña que miraba desde abajo.

Estaba hermosa, como siempre. De pie, sostenía una bujía que iluminaba tenuemente la habitación.
La otra historia

Por Lorena Lescano

Todavía recuerdo la cara de aquellas personas que con suma atención escuchaban el relato que noches anteriores les había prometido y que había provocado en ellos una suerte de interés mayor del que había previsto. El final sobre todo dejó atónito a aquel círculo de personas que siguieron la historia noche tras noche junto al fuego. Según el relato de la institutriz ese niñito tan adorable, bello e inteligente había muerto. Pero no fue así.

El niño Miles de la historia no era otro que yo. El mismo que les estaba leyendo el manuscrito. Creí que lo mejor era cambiar mi nombre por Douglas para que no me preguntaran mi versión de los hechos que, de alguna manera, difería de la institutriz. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Quizás era una manera de evitar que la traten como una paranoica que no hace otra cosa que ver fantasmas que no existen en la realidad, aunque sí quizás en su interior.

Hoy la comprendo, ya que el trabajo solitario que se le había encomendado no era nada fácil para una joven inexperta. Tenía la enorme responsabilidad de cuidar a unos niños de los cuales su tío no quería saber nada. Estaba lanzada a la aventura de defender y proteger a las criaturas más desamparadas y adorables del mundo. Quizás en su buena voluntad creyó ser la heroína que vendría a salvarnos a mi hermana y a mí de fantasmas que según ella no buscaban otra cosa que corrompernos, inculcarnos el mal y destruirnos. Y lo más asombroso era que esos fantasmas no eran otros que Jessel y Quint. Personas de las cuales en ese entonces yo guardaba un buen recuerdo por los momentos que habíamos vivido juntos y a los que jamás hubiese tachado de perversos y maliciosos aunque reconozco que sospechaba que mantenían una relación prohibida. Las apariciones solo existían en su cabeza porque en lo que respecta a Flora, a mí o al personal nunca los vimos. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pretendía? Nunca lo supe.

La profunda admiración y amor que le tuve me llevó a disfrazar la historia. Debo reconocer que ella me gustaba mucho y creo que yo también le gustaba, de otra manera no me hubiese proporcionado el manuscrito como último gesto antes de morir. Al leerlo por primera vez me sorprendí por lo que ella creía que en verdad estaba sucediendo, pero me estremecí al llegar al final y encontrarme muerto.

¿Por qué sintió la necesidad de matarme? Presumo que realmente lo que murió en la última escena de su diario fue un amor. Fue una renuncia al deseo que sentíamos ambos pero que era imposible de concretar por la diferencia generacional que nos separaba, una diferencia de diez años que parecía abismal. Quizás depositó en mí el enamoramiento que tenía para con mi tío, ante la imposibilidad de comunicarse con él. Creo que fue la manera que ella encontró para darle un cierre a esa historia que tanto la había perturbado en ese entonces.

Hoy todavía recuerdo muy claramente aquella noche cuando ella entró a mi cuarto como en el mejor de mis sueños. Llevaba un camisón largo lleno de puntillas y volados que la cubría completamente sin dejar nada para ver, pero que lo insinuaba todo. Estaba hermosa, como siempre. De pie, sostenía una bujía que iluminaba tenuemente la habitación. Le tendí mi mano con mucha ternura de la manera que solo un niño podía hacerlo como señal para que se sentara a mi lado al borde de la cama, y así lo hizo. Nuestras miradas se cruzaban intensamente. Le conté que estaba justamente pensando en ella como solía hacerlo todas las noches antes de dormirme. También pensaba en el asunto de la escuela que en ese entonces me preocupaba porque no sabía qué era exactamente lo que le había informado el director. Nunca antes le había comentado nada del colegio, de mis compañeros y lo que había ocurrido porque no sentía la necesidad de hacerlo, pero sabía que estaba en problemas. Y cuando ella empezó a ahogarme de preguntas al respecto, yo le respondí apagándole la vela de un soplo.

Lo que aconteció después fue la llegada de mi tío que nos llevó a Flora y a mí a un colegio pupilo y el despido de la institutriz que tanto habíamos aprendido a querer y que no volvería a ver nunca más. Recién recibiría noticias de ella cuando estaba a punto de morir; su última voluntad era que yo conservara su diario íntimo donde había relatado su estadía en Bly.

"Sin dudarlo, el tribunal inquisidor lo condenó a la hoguera. ¡Hereje!, le gritaron, ¡Sinvergüenza!. Toda la población estaba en su contra."